martes, 2 de marzo de 2010
La inocencia...
El cielo hablaba entre nubes grises, la luna le acompañaba en una noche vacía, aquel niño que no sabía llorar hoy es el hombre que no recuerda sus sueños. La noche iluminaba un mar de dudas, donde reposaba el viento que un día corría libre, la niebla espesa jugaba a esconderse mientras el lamento acababa con una soledad forjada en mil promesas, el niño creció y descubrió que la vida no era un juego, que las luces de una mirada no siempre llevaban al paraíso, que una lágrima inútil era un regalo demasiado valioso para la nostalgia y que una risa debía ser una patria inmensa por descubrir. Los labios temblaron al evocar un leve recuerdo, lejano y dulce como el tiempo que dura una ilusión. Todo esto pasó delante de mí, el cielo y la luna, el niño y el hombre, la noche y el viento, la niebla y la soledad, la mirada y las lágrimas, la risa, los labios y la ilusión. Y allí, en la serenidad de la madrugada el hombre despertó y comprendió por qué todo tenía un sentido, entonces las palabras fluyeron hacia el mar de una garganta, que gritó orgullosa un nombre y una promesa, el nombre del niño que se hizo mayor, la promesa del hombre que juró ser valiente. Esa misma garganta sentencia que el mañana siempre será mejor que el ayer,así el recuerdo del hombre cuidará del niño que un día fue, quizás por admiración, tal vez por respeto y seguro que con cariño. Ese hombre me cuenta que un día reirá porque el niño se lo pidió en el instante fugaz en el que se conocieron, aquel preciso instante en el que se perdió la inocencia, para nunca volver.
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